Un mar de infinitos matices: Sorolla descubre el Mediterráneo

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Un mar de infinitos matices: Sorolla descubre el Mediterráneo

Sorolla

Nadie ha pintado el Mediterráneo como Joaquín Sorolla (1863-1923). Trabajaba sin descanso, siempre en busca de plasmar el color preciso. Por eso ante sus cuadros vemos cómo las escenas cobran vida y podemos sentir el calor de un día soleado junto a al mar.

 

 

La clave está en la mirada

A pleno sol y con su caballete plantado en la arena, Sorolla observaba destellos fugaces que, la mayoría de las veces, pasaban desapercibidos a sus coetáneos. Tomaba apuntes con absoluta libertad expresiva, hasta que consiguió desarrollar la técnica necesaria para captar todo lo que podía ver, intuir y experimentar. Así pudo inmortalizar sobre el lienzo los reflejos del sol sobre el mar, los diferentes grados de transparencia y la textura del agua en movimiento.

Basta con observar cómo trataba los efectos de la refracción de la luz en obras como El balandrito (1909). Sorolla comprendió que antes de pintar la realidad hay que aprender a mirarla. En sus propias palabras: «Yo pinto siempre con los ojos»

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El balandrito, 1909. Óleo, 100 x 110 cm. Museo Sorolla, Madrid (España). ©wikicommons

 

Un escenario en cambio permanente

El mar no se presta a dejarse retratar. Está en constante movimiento y es susceptible de variar en función de las vibraciones de la luz y el itinerario del sol sobre el horizonte. Puede transformarse por completo según la hora del día y el lugar elegido.

Si un espacio define la pintura de Sorolla es el que se extiende entre las playas del Cabañal y la Malvarrosa, en Valencia. Esta zona luminosa, llena de recuerdos de la niñez del artista, es la verdadera protagonista de obras tan representativas de su estilo como El baño del caballo (1909) o Paseo a orillas del mar (1909).

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El baño del caballo, 1909. Óleo sobre lienzo, 205 x 250 cm. Museo Sorolla, Madrid (España). ©wikicommons

 

¿De qué color es el mar?

Cuando pensamos en las obras de Sorolla imaginamos el «azul del Mediterráneo». Pero en cualquiera de sus cuadros hay infinidad de matices: bermellones, violetas, verdes esmeralda, amarillos de Nápoles o rojos venecianos.

Por supuesto, el agua es incolora cuando es pura, pero la del mar lleva partículas en suspensión y puede cambiar su color debido a la luz y las diferencias de temperatura. Sorolla fue capaz de apreciar estas variaciones, y por eso en sus azules brillan el cobalto, el Prusia y el ultramarino, entre otras variantes. El resultado se puede admirar en obras como La playa de Valencia, luz matinal (1908).

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La playa de Valencia, 1908. Hispanic Society of America, Nueva York. ©wikicommons

 

Pintar lo intangible

En un cuadro de Sorolla no solo está presente la luz. En sus paisajes marinos también se percibe la brisa y el calor del sol, e incluso sabemos que una escena como Pescadores valencianos (1985) incluye el aroma de la sal y el crujido de las olas al romper sobre la arena.

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Los Pescadores Valencianos, 1895. Óleo sobre lienzo, 65 x 87 cm. Colección particular. ©wikicommons

 

La realidad que desprende un cuadro de Sorolla no solo deslumbra por su calidad técnica. Su obra despierta nuestros recuerdos y nos evoca sensaciones de veranos vividos o soñados. Eso es posible porque el artista supo sentir por sí mismo todos esos momentos y tuvo el gran acierto de no dejarlos escapar: «Hay que pintar deprisa, porque ¡cuánto se pierde, fugaz, que no vuelve a encontrarse!».

 

Los secretos de Sorolla

¿Cómo se aprende a observar un paisaje? ¿Cómo se capta una forma en movimiento? Las respuestas están en dos obras de ARTIKA dedicadas al pintor de la luz: El mar de Sorolla y Los paisajes de Sorolla.

Estas dos ediciones (ya agotadas) muestran cómo el artista daba forma a sus ideas. Se trata de los dibujos que le permitieron desarrollar su mirada artística y afinar la espontaneidad y precisión en su uso del pincel.

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