El rojo como arte: el simbolismo cromático en Vía Crucis
Fernando Botero (1932 – 2023) es uno de los artistas colombianos más reconocibles del arte latinoamericano contemporáneo. Su estilo único se distingue por la representación de figuras voluminosas y exageradamente redondeadas, tanto en retratos como en escenas cotidianas, dotando a las obras de un carácter inconfundible que combina humor, crítica social y una estética monumental. Este lenguaje visual ha dejado una huella profunda en la pintura y la escultura contemporánea, consolidándolo como un referente del arte del siglo XX.
La obra realizada por el artista con ARTIKA se presenta como una interpretación personal del Vía Crucis. A lo largo de esta serie, se aprecia su particular visión del relato bíblico y su proyección en el presente, así como diversos paralelismos con su Colombia natal y con nuestro mundo contemporáneo. Botero se une así a artistas como Miguel Ángel, El Greco, Rembrandt y Velázquez, quienes también reinterpretaron el relato de la Pasión. En esta serie, recrea algunas de las escenas del Nuevo Testamento, dotándolas de un estilo único que distingue su trabajo.
Esta edición demuestra que el color no solo acompaña la secuencia artística, sino que la construye. Entre todos los colores que atraviesan sus pinturas, hay uno que late con especial intensidad y adquiere un papel protagonista en muchas de sus creaciones: el rojo. En su nueva visión de la Pasión de Cristo, este tono no es únicamente sangre; también se convierte en atmósfera, tensión, memoria y presencia, hasta transformarse en un lenguaje visual que recorre toda la obra.
El rojo como anticipación del dolor
En la obra Ecce Homo (2010), Jesús aparece de pie y con las manos atadas en el instante previo a la crucifixión. No representa aquí una figura distante o idealizada: la humaniza y la aproxima al espectador.
El entorno que rodea a Jesús –el pueblo, el cielo y la atmósfera entera— está pintado en un rojo intenso. Incluso la capa que viste, desgarrada y frágil, comparte ese mismo color dominante. Esta elección cromática no es meramente decorativa, funciona como un recurso narrativo. Esta tonalidad aparece antes de que el dolor se manifieste de forma explícita. No describe la violencia: la anuncia. Actúa como un presagio visual que prepara al espectador para la tragedia que está por venir.
Botero lo emplea como una emoción previa a la escena. El espectador lo percibe incluso antes de racionalizarlo. Es una tensión silenciosa que atraviesa la composición y que convierte el color en un lenguaje propio, capaz de anticipar el sufrimiento sin necesidad de mostrarlo directamente.

Ecce Homo, 2010. Óleo sobre lienzo, 234 × 137 cm. Museo de Antioquia, Medellín, Colombia. @carlostobonelfotografo .
Rojo contenido, no desgarrado
Las obras Cristo en la columna y Flagelación de Cristo, ambas creadas en el año 2010, representan dos momentos consecutivos que forman parte de la misma escena de sufrimiento. Aunque muestran episodios cargados de violencia, el artista consigue suavizar su dureza: transforma la brutalidad en una imagen contenida, casi silenciosa.
No hay pinceladas furiosas ni gestos desbordados. El rojo que domina la composición es plano, compacto, sólido, casi como si estuviera tallado. Esa contención cromática transforma la experiencia del dolor. No lo convierte en un estallido, sino en una presencia firme, inevitable, que pesa más por su quietud que por su dramatismo. El color opera aquí como un espacio donde el dolor se contiene y la violencia adquiere un carácter casi ritual, suspendida en un tiempo que parece detenido.
La única figura que rompe esa contención es la mujer que aparece en la ventana en Flagelación de Cristo. También vestida de rojo, encarna el dolor que no puede reprimirse.

Izq.: Cristo en la columna, 2010. Óleo sobre lienzo, 204 × 110 cm. Museo de Antioquia, Medellín, Colombia. @carlostobonelfotografo.
Dcha.: Flagelación de Cristo (detalle), 2010. Óleo sobre lienzo, 205 × 99 cm. Museo de Antioquia, Medellín, Colombia. @carlostobonelfotografo.
El rojo como volumen
En su obra, el volumen es un elemento esencial. Sus figuras poseen una corporeidad monumental, casi táctil. En este contexto, esta tonalidad no solo aporta color, sino que también moldea y da volumen, contribuyendo a la sensación de peso y densidad.
En El nuncio (1970) retrata el poder y la autoridad de la Iglesia. Esta pintura forma parte de los cuadros donde utiliza figuras eclesiásticas para explorar el volumen, la forma y las tonalidades vibrantes, desmitificando la figura del nuncio, configurándola como un icono estético más que religioso. 2
Entre lo sagrado y lo terrenal
El rojo ha sido, a lo largo de la historia, un tono cargado de significados. En Vía Crucis, esa tensión permanece vibrante. En el cuadro Entierro de Cristo (2010), sitúa un ángel como figura clave dentro de la composición, y es precisamente ese personaje quien lleva este color en su vestimenta, convirtiéndose en un punto focal que irradia simbolismo.
La escena, aunque representa un momento de profundo dolor –el traslado del cuerpo de Cristo tras la crucifixión—, adquiere un carácter particular. Su paleta luminosa, las formas y la serenidad de los personajes transforman la tragedia en una imagen contemplativa, incluso con un matiz de sutil ironía.
No espiritualiza el rojo ni lo reduce a un simple recurso decorativo. Prefiere mantenerlo en esa frontera donde lo humano y lo sagrado se encuentran y dialogan: un punto de unión entre la vida y la muerte. Este uso del cromatismo se presenta como una clave interpretativa que invita a interpretar la escena desde una mirada contemporánea.

Entierro de Cristo, 2010. Óleo sobre lienzo, 150 × 203 cm. Museo de Antioquia, Medellín, Colombia. @carlostobonelfotografo.
Los colores de la memoria colectiva
En el contexto latinoamericano, el rojo puede evocar otras lecturas: violencia histórica, conflicto, herida social. Sin convertir sus creaciones en una alegoría política explícita, Botero utiliza esta paleta de tonalidades como símbolos de una memoria cultural más amplia. No se impone como mensaje, pero permanece de forma latente.
El espectador actual no mira el rojo desde la neutralidad. Es entonces cuando el lenguaje cromático se activa y cada uno interpreta, desde su propia experiencia histórica, las obras del artista colombiano.
La obra de Fernando Botero trasciende la mera representación de un universo visual compuesto de figuras voluminosas y colores vibrantes, dejando una huella imborrable en la historia del arte. Con Vía Crucis, el artista reafirma su capacidad para reinterpretar temas universales desde una mirada personal, creando un espacio donde el volumen se convierte en un lenguaje, el color en emoción y la tradición en un territorio para la reinvención.
Hoy, su obra continúa dialogando con públicos de todo el mundo. No solo por su estilo inconfundible, sino también por la manera en que aborda la belleza, el dolor, el poder y la memoria. En cada una de sus piezas invita a mirar de nuevo, a detenerse y contemplar el arte desde una sensibilidad renovada.

Detalles de diversas obras de Botero en Vía Crucis.
VÍA CRUCIS, un viaje emocional a través de la forma y el color
– Una edición numerada y limitada a 2.998 ejemplares, realizada en colaboración con el artista y el Museo de Antioquia.
– Compuesta por dos volúmenes, presentados en un estuche-expositor cuya imagen principal es un detalle siluetado del óleo Cerca de la Cruz, inédito hasta ahora, que precede la portada del Libro de Arte.
– El Libro de Arte incluye 34 láminas que describen la Pasión de Cristo a través de escenas que el autor reinterpreta con su estilo único, cada una acompañada de una cita bíblica.
– En el Libro de Estudios participan expertos en la materia, abordando el papel social, cultural y artístico de Botero a nivel mundial y estudiando su obra en general, además de analizar cada lámina de la edición.


