La técnica del grabado: Cómo Miró dominó el aguafuerte y la aguatinta en un lenguaje propio

“Si ataco una madera con una gubia, esto me pone en cierto estado de espíritu. El encuentro de la materia y del instrumento produce un choque que es algo vivo y que, según creo, repercutirá en el espectador” (cita de Joan Miró extraída del Libro de Estudios de Cántico del Sol).

Así entendía Miró el acto de crear: como un encuentro físico y espiritual entre la mano, la herramienta y la materia. Por eso, cuando colaboró con el maestro grabador Joan Barberà i Gómez para materializar el universo visual del Càntic del Sol, no lo hacía como un principiante: el artista acumulaba ya más de cuatro décadas de experimentación constante en los talleres.

Su experiencia empezó en la década de 1930, cuando comenzó a dar sus primeros pasos en la litografía para ilustrar un libro de Tristan Tzara. En 1932 y 1933, en el taller parisino del pintor, grabador y maestro cubista Louis Marcoussis, Miró entró en contacto con la técnica del aguafuerte y la punta seca, dos procedimientos que ampliarían decisivamente su lenguaje plástico. Más tarde, huyendo de la Segunda Guerra Mundial, trasladó su taller a Nueva York. Fue allí, en 1947, donde exploró con intensidad la combinación del aguafuerte y la aguatinta, dominándolas con una maestría absoluta para convertirlas en el alma de gran parte de su obra posterior.

Izq.: Tristan TZARA y Joan MIRÓ. Parler Seul, 1948 – 1950. Maeght Éditeur. Litografía, 18,2 × 28,9 cm. ©Archivo Successió Miró

Dcha.: Aidez l’Espagne. Cahiers d’Art (París), núm. 4-5, 1937. ©Fundació Joan Miró, Barcelona

 

Su amplia producción gráfica no solo lo consolidó como uno de los grandes grabadores del siglo XX, sino de la historia del arte. Lejos de conformarse con las formas tradicionales, expandió sus límites explorando todos los terrenos posibles: desde la delicadeza de la punta seca hasta la textura rugosa del carborundo, pasando por el linóleo, la litografía y, por supuesto, la aguatinta.

Para Miró, la estampación nunca fue una disciplina secundaria: fue un territorio de libertad, un espacio donde su visión artística respiró con especial intensidad y mantuvo un diálogo vivo, audaz y en constante evolución con su pintura.

 

El diálogo entre el metal y el ácido

Los 33 grabados que conforman Cántico del Sol combinan las técnicas tradicionales del aguafuerte y la aguatinta. Ambas forman parte de la calcografía, un proceso artesanal de intalgio donde se realizan incisiones sobre una plancha de cobre. La profundidad de esos surcos determina la cantidad de tinta que estos albergan y, por lo tanto, la intensidad de la huella que deja el color cuando el papel pase por la prensa. Mientras que la aguatinta es ideal para crear manchas y gradaciones de color muy sutiles, el aguafuerte marca la línea, el detalle y el sombreado.

Miró conocía las exigencias del soporte, pero no se sometía dócilmente a ellas: las tensaba, las desviaba y, cuando era necesario, las llevaba hacia territorios imprevistos. En algunas ocasiones herramientas poco ortodoxas y permitiendo que el azar adoptara un papel central en su proceso de trabajo.

El aguafuerte permite dibujar con ácido: una alquimia precisa entre protección, incisión y corrosión. Primero, se cubre la plancha de cobre con un barniz protector y después se dibuja sobre ella, retirando el barniz y dejando el cobre al descubierto.

El secreto llega cuando la plancha es sumergida en el baño de ácido. Este líquido corroe las zonas expuestas. Cuanto más tiempo permanezca la plancha en el ácido, más profundas serán las líneas y más oscura quedará la tinta al pasarla por la prensa.

Detalle izq.: Grabado número 26. Càntic del Sol, 1975. Aguafuerte y aguatinta en color, 36,5 × 51,5 cm. ©Fundació Joan Miró, Barcelona.

Detalle dcha.: Grabado número 24. Càntic del Sol, 1975. Aguafuerte y aguatinta en color, 36,5 × 51,5 cm. ©Fundació Joan Miró, Barcelona.

 

Ahora bien, si el aguafuerte sirve para crear las líneas del dibujo, la aguatinta es perfecta para crear manchas de color, sombras y texturas. Su proceso es especialmente singular, ya que, en lugar de utilizar un barniz líquido, se espolvorea un polvo fino de resina en la plancha de cobre. Después se calienta por debajo para que esos granitos se derritan y se peguen al metal. Al sumergir la plancha en el ácido, este no puede actuar donde está la resina, pero sí se cuela por los diminutos huecos que quedan entre grano y grano. El resultado en el papel no es una línea, sino un efecto de punteado delicado y vibrante que imita sombras y degradados. Como estas incisiones son más superficiales que las del aguafuerte, el baño de ácido es mucho más rápido.

En el Càntic del Sol, Miró llevó esta técnica un paso más allá utilizando la aguatinta al azúcar. Este método le permitía pintar directamente sobre el metal con una mezcla de agua, tinta y azúcar, tal y como lo haría con un pincel sobre un lienzo. Este ingenioso recurso le dio una libertad y una espontaneidad absolutas poco habitual en el grabado tradicional, logrando que sus piezas parecieran auténticas acuarelas o dibujos a tinta llenos de vida.

 

La maestría de Cántico del Sol

El mayor desafío de esta edición no residía solo en la fidelidad visual, sino en algo más tangible y sutil: capturar el alma táctil del lenguaje gráfico de Joan Miró. Reproducir con exactitud los surcos y el relieve de sus planchas supuso un viaje de artesanía extrema. El resultado no es una mera reproducción, sino una aproximación respetuosa al universo de un artista en plena madurez creativa.

Contemplar y percibir con las yemas de los dedos el relieve de estas láminas es entregarse a una experiencia sensorial. A través de la materia, el artista nos cuenta una historia donde la naturaleza es la gran protagonista; un relato vivo en el que cada lámina posee una textura que la hace irrepetible.

En la lámina número dos, concebida mediante las técnicas del aguafuerte y la aguatinta, el sol no es un círculo plano, sino un astro que se fragmenta en dos etapas y colores diferenciados. El papel se convierte en un escenario donde la luz se divide, invitando al ojo a descubrir la frontera entre sus dos realidades.

Grabado número 2. Càntic del Sol, 1975. Aguafuerte y aguatinta en color, 36,5 × 51,5 cm. ©Fundació Joan Miró, Barcelona

 

En la lámina número cinco, el viaje sensorial empieza en el fondo. Una atmósfera de aguatinta gris estampada a partir de una única plancha aporta una profundidad serena. Sobre este cielo, las formas en azul, amarillo y verde emergen con un volumen propio gracias al uso de piezas separadas.

El clímax visual y táctil llega con la segunda plancha: las líneas negras, la estrella caligráfica de la esquina superior derecha y una sugerente figura de color rojo. Aquí combina el aguafuerte tradicional con la audacia de la aguatinta al azúcar y la resina. El resultado es una línea negra de apariencia fluida, casi caligráfica, mientras que el ácido muerde el metal entre las reservas de resina para crear una estructura superficial granular: un relieve rugoso que vibra al tacto.

Grabado número 5. Càntic del Sol, 1975. Aguafuerte y aguatinta en color, 36,5 × 51,5 cm. ©Fundació Joan Miró, Barcelona

 

Por último, en la lámina número 22, la complejidad se transforma en pura poesía sensorial. El hipnótico efecto licuado de las manchas azules se logra mediante la aguatinta al azúcar, junto con una lluvia de resina en polvo que dota a toda la superficie de un relieve granulado, casi orgánico. En contraste, la forma verde fue recortada de la plancha, puliendo sus bordes a conciencia para crear un relieve limpio, que se hunde y emerge del papel.

Grabado número 22. Càntic del Sol, 1975. Aguafuerte y aguatinta en color, 36,5 × 51,5 cm. ©Fundació Joan Miró, Barcelona

 

Así es como Cántico del Sol trasciende la idea de libro de artista para convertirse en una experiencia de contemplación. Un puente entre la historia visual de Miró y la sensibilidad del lector, donde la naturaleza, el signo y la materia se funden en una misma celebración.

 

Cántico del Sol: la obra magistral que enmarca el universo de Joan Miró

– Compuesta por dos volúmenes y un estuche de fuerte carga simbólica, esta edición rinde homenaje al grabado número 20 de la serie más emblemática de Miró.

– El Libro de Arte reproduce al 75% del tamaño original las 33 láminas que conforman la obra.

– El Libro de Estudios recorre toda la carrera de Miró, desde sus primeros años en Mont-roig hasta su plena madurez artística, que culmina en esta gran obra, a través de las aportaciones de los expertos Robert Lubar Messeri, Mercedes Durban Monreal y Jacques Dalarun.

 

 

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