El retrato de una infancia: María, Joaquín y Elena sobre lienzo y papel

Sorolla, como artista, no se consideró a sí mismo pintor de retratos más allá de los encargos de la alta sociedad española y americana. En los dibujos de su familia, esa cualidad del retrato se difumina en la intimidad del ambiente; la calidad del posado se pierde porque el pintor no fue en busca del momento, sino que este lo encontró a él, como un imprevisto maravilloso atrapado en un trazo despreocupado, valiente y sincero. Así, su yo artista no podía desligarse de su papel como padre.

Las escenas protagonizadas por sus hijos solían llegar al público general como piezas partícipes de muestras como la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1887, o la de 1906 en la Galerie Georges Petit de París. Sin embargo, Sorolla los dibujaba especialmente para sí mismo, para detener el tiempo y retener lo fugaz de la infancia, que como padre todavía era más efímera. Así, aunque los rostros de María, Joaquín y Elena fueran expuestos en Alemania (1907), Londres (1908) e incluso Estados Unidos (1909 y 1911), donde más se les apreciaba era en casa, en su hogar.

 

María, la heredera de la mano artística

El primer retrato de sus hijos, es el de María recién nacida, María Clotilde Sorolla García (1890), en el que su simplicidad cromática y la sensación de inacabado sugerida en la mitad inferior del lienzo permiten concentrar la atención en el rostro de la pequeña. Se intuye mayor disfrute de la pintura cuando está centrada en miembros de la familia, hecho que ya se deja ver en los retratos de Clotilde. El trazo es más suelto y las pinceladas más largas, detalles que reflejan la facilidad y la amplitud con que los quiere.

La costumbre de Sorolla de llevar siempre papel y carboncillo encima hace que la creación que recoge con más constancia el crecimiento de sus hijos sea el dibujo: la mirada del pintor, siempre pendiente del momento. Incansable e incesante, los bocetos admiran a María cuando piensa que nadie le está prestando atención: reposando después de comer, una interpretación que puede hacerse de Cabeza infantil (1897-1898) o en María en la hamaca (1900). Es interesante como, así, retrata la infancia de su primera hija sin hacerla posar en ningún momento.

Izq.: Detalle del cuadro María Clotilde Sorolla García, 1890. © Museo Sorolla, Fundación Museo Sorolla, 2014.

Dcha. Sup.: Cabeza infantil, c. 1897-1898.

Dcha. Inf.: María en la hamaca, c. 1900.

 

Joaquín, el estudiante ejemplar

Siendo el único hijo varón de la familia, Sorolla y Joaquín tenían un vínculo especial. A diferencia de María, quien acabó persiguiendo la pintura en su madurez, el muchacho no mostró interés propio hacia los colores y sus amalgamas, sino más bien por sus composiciones químicas, aspecto que lo llevó a estudiar una ingeniería, aunque no pudo acabar la carrera por la irrupción de la Primera Guerra Mundial.

Momentos de su niñez capturados a lápiz sí que demuestran cómo la vena artística de Sorolla estuvo, en mayor o menor medida, en todos sus hijos, tal como revela el dibujo Niño dibujando (1896). Sin embargo, en última instancia, la admiración de Sorolla hacia Joaquín es evocada por su faceta de estudiante ejemplar, que lleva al lienzo como un tema recurrente de sus retratos que lo encuentran a menudo entre libros –véase el boceto Joaquín leyendo y piernas (1900-1905) – y bajo la luz tenue de la lámpara de su escritorio, donde pasaba tantas horas estudiando, como puede verse en el cuadro A mi hijo Joaquín (1911).

Izq.: Joaquín, 1911. © Museo Sorolla, Fundación Museo Sorolla, 2014.

Centro Sup.: Niño dibujando, 1896.

Dcha. Sup.: Joaquín Sorolla García, c. 1900-1905.

Dcha. Inf.: Joaquín leyendo y piernas, c. 1900-1905.

 

Elena, el alma de la casa

Junto a su madre, Elena protagoniza una de las obras más famosas de Sorolla, Madre (1895). Esta pintura muestra a Clotilde exhausta tras dar a luz al último hijo de la familia y, tanto en lo monocromático como en el trazo del pincel, se demuestra un respeto y una admiración inmensos por parte de Sorolla hacia ellas, haciendo un retrato no tanto de las figuras, sino del amor y la intimidad que destila su relación.

En su individualidad, la pintura de su padre la encuentra habitualmente jugando, ya sea en compañía de sus muñecas, disfrazándose de menina o haciendo sus tareas, como en Elenita en su pupitre (1898). Por su parte, los dibujos privados del artista dan mayor protagonismo al rostro, a sus cabellos ondulados y revueltos en Elena en Jávea (1900-1901), por ejemplo, y a sus expresiones faciales, siempre divertida o curiosa, como se aprecia en Elena (1900-1901). Se trata de rasgos que van más allá de la apariencia física y de ellos destila la personalidad de la pequeña: decidida, enérgica y risueña.

Izq.: Detalle del cuadro Elena en su pupitre, 1898. © Museo Sorolla, Fundación Museo Sorolla, 2014.

Dcha. Sup.: Elena, c. 1900-1901.

Dcha. Inf.: Elena en Jávea, 1900-1901.

 

De parte de María, Joaquín y Elena a Sorolla

Sorolla retrata a sus hijos a lo largo de su vida, porque no es posible detener el tiempo, y porque es una forma como cualquier otra de vivir y sentir amor. Así, las imágenes de tiempos especialmente breves, como lo es la infancia, son inmortalizados por un padre que, casualmente, también es pintor. Aunque llega un punto en el que esta costumbre de retratarlos deja de ser un acto unilateral de Sorolla: sus hijos también contribuyen al legado de sus vidas, plasmando el recuerdo entre el lápiz y el papel, siendo, en su caso, cartas que le envían cuando él está fuera por trabajo.

Algunas de ellas se publican en el Epistolario Tres décadas de amor, incluido en la edición ‘Sorolla Íntimo’. El 24 de marzo de 1902 (Carta 33, en el Epistolario), por ejemplo, se emite una correspondencia con un cambio de emisor: Clotilde cede la pluma a los pequeños, y entre los tres escriben una carta que viaja hasta Sevilla, uno de los múltiples destinos del Sorolla viajero.

María, a sus doce años de edad, se presenta con la voz de toda hermana mayor, poniendo a su padre al día acerca de lo que pasa en casa y, a su vez, interesándose por los días de su padre.

 

“Querido Padre me alegro [de] que hayas llegado bien a Córdoba, nosotros estamos muy buenos todos, el lunes fuimos a paseo con la madre, y que todas las tardes saldremos, a ver si tienes buenos días de sol.

Cuando veas a los nenes de la Madrina de Elena muchos besos y abrazos.

Besos y abrazos de tu hija

M. Clotilde Sorolla García.

 

También Joaquín, que por aquel entonces tenía diez años, pregunta por los quehaceres de su padre como artista, más allá de decirle que lo echa de menos o impacientarse por su regreso.

“Querido padre: me alegro mucho [de] que hayas llegado bien. Cuando vayas a Sevilla me alegraré [de] que pintes la Giralda y el puente de Triana y que pintes alguna cabeza de andaluza.

Besos y abrazos de tu hijo

Joaquín Sorolla.”

 

Y Elena, teniendo en cuenta que siempre iba a ser la hija menor y que escribe su parte con siete años, es la que más explícitamente centra su mensaje alrededor del sentimiento de añoranza ante las constantes idas y venidas del pintor.

“Querido padre

Me acuerdo mucho de ti, un beso de

Elena.

 

Sorolla Íntimo, el arte como un baúl de los recuerdos

– Edición numerada y limitada a 2.998 ejemplares, realizada en colaboración con el Museo Sorolla y Blanca Pons-Sorolla, bisnieta del pintor y patrona de la Fundación.

– Compuesta por dos volúmenes, un epistolario y una lámina de arte presentados en un estuche-expositor, cuya imagen principal es un detalle del óleo Instantánea, Biarritz, portada del Libro de Arte.

– El Libro de Arte incluye 71 dibujos que transportan su experiencia más personal al entorno doméstico y familiar.

– En el Libro de Estudios las especialistas Inés Abril y Mónica Rodríguez analizan los dibujos de la obra, mientras que Blanca Pons-Sorolla, Consuelo Luca de Tena, María López, Covadonga Pitarch y Eulalio y Pilar Pozo abordan el tema de la familia y la conversación de la obra gráfica del artista.

– El Epistolario: Tres décadas de amor recoge 210 cartas de las 2.000 que se conservan. Prologado por Isabel Justo, las correspondencias son un testimonio socioeconómico y político de su época, al tiempo que se leen como una historia de amor pasional y parental.

– La edición incluye la lámina Estudio del natural, c. 1905, un retrato de Clotilde a carboncillo, clarión y óleo rojo que presidió el dormitorio del matrimonio durante años.

 

 

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